-Encuentra a JillHyde y tráelo aquí. No quiero sorpresas, Dieff. –Camus puso una Luger sobre su escritorio y sin quitar la mano de encima, la empujó hacia delante. El arma quedó frente a mi vista mientras aun daba un giro y se detuvo. –Me la devuelves, no quiero saber que la arrojaste al puente o que a tu mamá se le fue por el chocho.
-¿Y que se supone que haga, Camus? –Saqué un cigarrillo de mi chaqueta, lo atoré en mi boca y puse el mechero debajo de él. Chasqueé dos veces. Chasqueé tres. No encendía.
-Ese es asunto tuyo, idiota. Quiero el trasero de JillHyde a las 1600 horas, ¡mañana! –Camus salía a “comer” de 2 a 4. Generalmente telefoneaba a Elena (su esposa, a quien me he tirado un par de veces) diciéndole que no saldrá de la oficina, se pone una gabardina, sombrero, gafas y bufanda en pleno infierno de verano, sale de la jefatura, toma un taxi y gasta algunos billetes en “El Bufón de Amazona”.
-De acuerdo. –Guardé de nuevo el cigarro. Había dejado el otro mechero en el auto. –Quiero asegurarme de que después de esto, Camus, no volveré a ver tu horrible jeta. –Me levanté y apunté a Camus en la cara.
-¿Qué estás haciendo pendejo?, ¡guarda esa maldita pistola o de lo único que te vas a asegurar es de no volver a ver a esa puta! –Camus no bromeaba. Yo solo un poco.
-Tranquilo, viejo, solo quería asegurarme de que aun puedes retener un pedo en ese culo flácido que te cuelga bajo tu jorobada espalda. –Guardé la Luger. –La próxima vez te desaparezco.
Salí de la jefatura. Toda la jefatura apestaba, al igual que cuando yo era policía.
1 comentarios:
ahora se que era policia.
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