20091122

Un plato fuerte

Tenía unos 10 kilos de más. Tetas medianas, un culo algo plano, piernas un tanto flacas. 10 kilos de más en esa barriga. En realidad un cuerpo extraño. Pero esto fue hasta antes de verla de cerca y ya llamaba mi atención, porque claro, seguro tenía un corazón y una vagina como las demás chicas. Pero fue cuando la vi de cerca, tenía algo. Unos ojos hermosos, oscuros y profundos, como ver un hoyo negro que te tragaba. Creo que ese par de ojos eran ese algo.

Su nombre fue lo último que supe al conocerla. Empezamos conociéndonos con un más de 20 brindis, luego hundimos nuestras lenguas en nuestras bocas, agarré su trasero, ella me agarró el miembro y follamos, poco después, un par de veces en mi auto y me dijo su nombre. Entonces le dije:

-Antonio.

-Mucho gusto Antonio. -Dijo Mónica. Encontró mi mano reposando en la curva de su estomago y la estrechó con la suya.

-¿Sabes Mónica?, la vida no es tan mala al lado de una nena como tú, después todo esto. Me da por pensar que aun tengo algo a cambio de largos periodos de soledad.

-Antonio… -Dijo Mónica y aun estrechando mi mano, la puso en su vagina. -… pienso lo mismo.

Esta nena sabía lo que decía, parecía entenderme. Parecía gozar de mi compañía, de mi mano en su vagina. Metí mi mano en su vagina.

-Nena, ¿dónde haz estado todos estos 4 meses?

20091102

Isabel

Tan solo era una nena de carne y hueso, se metía coca hasta por el coño y sabía lo más importante que debe saber una nena tan adicta a la mierda: tener uno que otro amante ricachón, así sea un hijo de puta que la mande a casa con algún moretón, alguna roja línea en la nalga, el autoestima baja, etc.

Yo era un tipo sobrio la mayor parte del tiempo, fumaba cigarrillos importados de cuba, apostaba en el dominó.

Me daba por pintar, y pinté más de una docena de veces. Todo era un caos, y hasta la fecha, sigue siéndolo. The Pretty Things sonaba al fondo en una tornamesa Phillips. Isabel salía algo temprano de casa. Tacones altos, de los que le levantaban esas frondosas nalgas, un penacho de plumas de pavo real, un vestido amarillo y el labial verde que le había comprado. Me arrojó un beso suave y giñó un ojo. Yo también guiñé un ojo y al abrirlo solo vi mi retrato. Era mi pintura. Aun sentí la presencia de Isabel bajo el marco de la puerta un par de segundos. Después oí el cerrar de la puerta. Yo solo podía ver mi pintura, mis manos embarradas de pintura (en una de ellas, una espátula llena de pintura) y continué con mi pintura.

Continué,

continué

y, bajo un influjo ajeno,

un influjo muy alterno,

terminé.

Isabel regresó un par de horas después. Algún hijo de perra había cruzado su cara con el puño cerrado. Alguna basura entró en mi ojo izquierdo, y éste, derramó un poco de liquido sobre mi mejilla, resbaló y entró a mi boca por la comisura izquierda. Saboreé ese amarga lagrima, me levanté y abrasé a Isabel. En aquel entonces, ese era mi autorretrato: una pintura. Pintura mal hecha. ¡Já!

Aquella noche, no jodimos… hasta el amanecer.

20090930

Algo del caso JillHyde

-Encuentra a JillHyde y tráelo aquí. No quiero sorpresas, Dieff. –Camus puso una Luger sobre su escritorio y sin quitar la mano de encima, la empujó hacia delante. El arma quedó frente a mi vista mientras aun daba un giro y se detuvo. –Me la devuelves, no quiero saber que la arrojaste al puente o que a tu mamá se le fue por el chocho.

-¿Y que se supone que haga, Camus? –Saqué un cigarrillo de mi chaqueta, lo atoré en mi boca y puse el mechero debajo de él. Chasqueé dos veces. Chasqueé tres. No encendía.

-Ese es asunto tuyo, idiota. Quiero el trasero de JillHyde a las 1600 horas, ¡mañana! –Camus salía a “comer” de 2 a 4. Generalmente telefoneaba a Elena (su esposa, a quien me he tirado un par de veces) diciéndole que no saldrá de la oficina, se pone una gabardina, sombrero, gafas y bufanda en pleno infierno de verano, sale de la jefatura, toma un taxi y gasta algunos billetes en “El Bufón de Amazona”.

-De acuerdo. –Guardé de nuevo el cigarro. Había dejado el otro mechero en el auto. –Quiero asegurarme de que después de esto, Camus, no volveré a ver tu horrible jeta. –Me levanté y apunté a Camus en la cara.

-¿Qué estás haciendo pendejo?, ¡guarda esa maldita pistola o de lo único que te vas a asegurar es de no volver a ver a esa puta! –Camus no bromeaba. Yo solo un poco.

-Tranquilo, viejo, solo quería asegurarme de que aun puedes retener un pedo en ese culo flácido que te cuelga bajo tu jorobada espalda. –Guardé la Luger. –La próxima vez te desaparezco.

Salí de la jefatura. Toda la jefatura apestaba, al igual que cuando yo era policía.

20090923

Las nenas tienen solución II

Por fin me decidí, al borde del puente sobre las vías del tren, con el cañón dentro la boca, hasta la tráquea, sin ya saber realmente porqué, bajo un nocturno cielo despejado de verano. El calor me deprimía más. Las estrellas no eran la excepción. Irónicamente sobrio, tanto, que también me deprimía. Y mi inútil vida autodidacta me deprimía más que nada. Estaba solo. Y pensé en Mabel, en su pelo, sus piernas, cada instante. A penas pude sentir ganas de sonreír y jalé el gatillo.

Algo pasó. Tal vez no había balas. Saqué la Luger y una espesa baba salió por el cañón. Lo había pensado demasiado.

20090914

Las nenas tienen solución I

Cada que veía a Mabel, me recordaba a Mabel y por razones irónicas, no podía dejar de espiarla. Soy un detective. Al menos eso soy, sin casos por resolver o mejor cosa que hacer, que autodestruirme viendo a mi nena con ese puñetero instructor de ballet.

Así que después de darle muchas vueltas, encontré la solución en la botella y una afilada navaja de afeitar que Mabel me regaló. Y no, no pensaba suicidarme, mis huevos no estaban hechos para eso. Solo iba a librarme de este dolor. Me pegué a la botella como una sanguijuela y dejé libre la mitad. El alcohol subió de golpe a mi cerebro y tambaleándome entré al baño, bajé mis pantalones, agarré mis huevos con la mano izquierda y la navaja con la derecha, los presenté y dije: de ahora en adelante, cada quien irá por su cuenta.

Freud tenía razón, la vida sirve para encajar el nabo y pocas vaginas te enganchan como esa. Cerré los ojos, pensé en Mabel, apreté los dientes… y eché la navaja por la ventana. Escuché un grito en la calle. Me subí el pantalón, regresé a la sala, me pegué otra vez a la botella y no recuerdo lo demás. Cuando desperté, mis huevos seguían ahí.

20090815

Fraude emocional

03:15 am. Bar La abeja rey. Pete, yo y otro borracho.

Pete puso un Havana Club en hielos frente a mi, lo cogí y lo incliné en mi buchaca.
-Ponme otra a cuenta de la casa, no seas cabrón.
-Hey Antonio, ¿que pasa? -Pete puso otra sin más. Tal vez vio en mis ojos mojados y rasposos, mi redonda cabeza rasposa agachada, o en mis palabras rasposamente tristes, que la verga me llevaba al otro barrio. -¿Toño?

Tom Waits en la rockola. Real Gone.

-Nada amigo, Mabell me ha dejado.
-Ten esta botella. -Pete dio un buen golpe en la barra con ella. El borracho al otro lado, despertó, balbuceó maldicientemente y dejó caer su ser sobre el piso. Enseguida comenzó a roncar. La botella era un Zacapa. Lo mejor de Guatemala.
-Pete, eres un mago, un buen amigo y el mejor cantinero.
-Toño, lo de tu nena, lo siento mucho amigo.
-Si te sirve de consuelo, Pete, yo lo siento más que nadie. Y Pete...
-¿Que pasa Toño?
-Ya te dije que no me digas Toño.

20090702

Desesperación

Nunca me ha interesado y ¿por qué no decirlo?, siempre he tratado de alejarme del dinero manchado de sangre. Entonces había dos cosas claras: eso y que la desesperada belleza en mi despacho, tenía buena nalga, buena teta, buena pierna y seguramente, buena vagina. Empezaba a interesarme.

-Escucha bombón, quiero que pongas a funcionar ese bonito cerebro tuyo y recuerdes que diablos pasó en ese almacén. ¡No estoy jugando! -Enfaticé con un manotazo sobre el escritorio. Me gusta como saltan las chicas y tartamudean cuando me pongo brusco.
-¡Lo se, lo se!, es solo que no puedo decir nada, usted y yo estaríamos en peligro.
-Me gusta el peligro, nena, así que, o me dices, o te entrego a la poli, o te doy una paliza (o te meto el nabo). ¡Dame un nombre!
-¿Es que no escuchó lo que acabo de decirle?
-A mi no me hables así, pequeña zorra. De una puñetera vez ¡Un nombre! -Me paré y fui hasta ella, la cogí del abrigo, la levanté y violentamente la sacudí como la muñeca triste de trapo que era.
-¡Marseratti, Jacob Marseratti!
Se desplomó en el piso y comenzó a llorar. Estaba inconsolable, pero yo iba a consolarla. Solo tenía que hacerle unas cuantas preguntas más.-De acuerdo, bombón, te lo haz ganado. -Saqué la botella de whisky, serví dos vasos. Puse uno frente a ella y otro lo vacié en mi garganta. Me serví uno más.